Los Palomares
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A comienzos de los años ochenta, cuando en Colombia el presidente Belisario Betancur hablaba de programas de vivienda para familias sin cuota inicial, en Riohacha apareció un barrio nuevo sembrado hacia el sur de la ciudad, en un terreno que por entonces parecía más monte que ciudad.
En los planos lo llamaron Entre Ríos, un nombre elegante, casi poético. Pero el pueblo, que siempre termina poniendo los nombres verdaderos, lo bautizó sin rodeos:
Y la comparación no era gratuita.
Las casas eran pequeñas, casi idénticas, alineadas como una bandada de palomas reposando sobre el pavimento recién puesto. Todas blancas, todas pegadas al mismo molde, formando calles rectas que en aquel tiempo parecían demasiado largas para un barrio tan nuevo.
Eso sí, tenían una virtud que los años confirmaron:
esas casas no se rajan.
Ni el sol feroz de La Guajira ni los inviernos caprichosos han podido abrirles grietas.
El barrio venía con pavimento, lo cual para la época ya era una bendición. Pero el progreso llegó incompleto, como suelen llegar muchas promesas oficiales.
El agua…
el agua no llegaba.
Por eso, en el centro del barrio, quienes construyeron el proyecto dejaron una gran alberca comunitaria, una especie de pulmón de agua donde los vecinos se abastecían mientras el acueducto terminaba de alcanzar aquella zona que todavía quedaba lejos del corazón de Riohacha.
Junto a esa alberca creció un árbol de Brasil, frondoso y generoso con la sombra, que con el tiempo se convirtió en el testigo silencioso de la vida del barrio.
Todavía está allí.
Bajo su sombra se llenaban baldes, latas, totumas y pimpinas, mientras la gente conversaba, porque en La Guajira el agua siempre llega acompañada de palabras.
Pero el verdadero desafío no era llenar los recipientes.
El desafío era moverse por los alrededores cuando caía la tarde.
Entre el barrio y el resto de la ciudad quedaba una franja de terreno abierta que comenzaba cerca de la antigua Universidad de La Guajira y se extendía hasta el lugar donde hoy funciona una bomba de gasolina en la salida de Riohacha hacia el sur del departamento, rumbo a Valledupar.
En aquellos años ese tramo era casi un territorio intermedio entre la ciudad y el desierto.
Había arena suelta, monte bajo y algunos árboles dispersos que al caer la tarde proyectaban sombras largas sobre el camino. El viento arrastraba papeles secos y, de vez en cuando, pasaba una moto o algún jeep levantando polvo.
Pero después de las seis de la tarde el lugar cambiaba.
La claridad del Caribe se retiraba lentamente y el silencio se volvía más espeso que el calor.
Entonces corría el comentario inevitable entre los vecinos:
—Por ahí están atracando.
Y nadie quería cruzar ese tramo solo.
De modo que el barrio inventó su propio sistema de seguridad: caminar juntos.
Los vecinos se reunían antes de salir. Hombres, mujeres y muchachos avanzaban en grupo, conversando en voz alta, cuando se dirigían a sus casas.
El sonido de las chancletas sobre la arena y la conversación espantaba en el miedo.
A veces alguno decía entre bromas:
—Bueno… si aparece un atracador tendrá que atendernos a todos.
Y la risa colectiva terminaba alumbrando más que cualquier bombillo.
Con los años la ciudad creció.
Lo que antes era periferia se volvió avenida.
Lo que era monte se volvió tránsito.
Y el lugar donde uno caminaba con cuidado hoy tiene estaciones de gasolina, carros entrando y saliendo, y una ciudad que ya no se detiene en ese punto.
Pero el árbol de Brasil sigue allí.
Y las casas también.
Firmes.
Sin grietas.
Como si quisieran recordarle a Riohacha que aquel barrio que alguna vez parecía perdido en la orilla de la ciudad… terminó quedando dentro de su propia historia. 🌿



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