¿Los corruptos cuándo caerán?
La noticia acapara hoy las portadas, los noticieros y las redes sociales de toda Colombia.
En un megaoperativo de las autoridades en Riohacha, Guajira, cayó abatido alias Bendito Menor, el temido cabecilla de las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada.
Junto a él también murió su compañera sentimental, conocida en el mundo del crimen como La Bebecita.
El Estado exhibe el golpe. Se cuelgan las medallas. Y es legítimo que lo hagan.
Para una sociedad asfixiada por la extorsión, el sicariato y el miedo, ver que los delincuentes reciben su castigo es un respiro.
Es un mensaje de autoridad absolutamente necesario para la gente trabajadora que exige, con todo el derecho, vivir y dormir tranquila.
Pero hoy, mientras el eco de la noticia se apaga y la euforia disminuye, necesitamos hacer una pausa.
Necesitamos una reflexión profunda, fría y dolorosa que sacuda los cimientos de nuestra sociedad.
¿Usted de verdad cree que con la muerte de Bendito Menor se acabó la guerra en Colombia?
La amarga y cruda verdad es que no.
Probablemente, en este preciso instante, en el fondo de algún barrio marginado o en la espesura del monte, su sucesor ya tomó el mando de las armas y de las rentas ilegales.
Llevamos medio siglo celebrando el fin del crimen. Matando, capturando y extraditando a los grandes capos, sicarios y cabecillas.
Y sin embargo, pareciera que cada día los criminales se multiplican por miles.
¿Por qué seguimos perdiendo la guerra?
Porque nos hemos dedicado a cortar las hojas venenosas del árbol, pero le tenemos un miedo reverencial a arrancar la raíz.
La historia del mundo nos lo ha gritado en la cara una y otra vez.
Desde las favelas de Río de Janeiro hasta las comunas de Medellín en los años ochenta. Desde los barrios marginales de Chicago hasta las montañas de Sinaloa, cuna de capos históricos. Y por supuesto, nuestros propios asentamientos en el puerto petrolero y en todo el país.
Los reclutan en el barro. En las calles polvorientas donde la mano protectora del Estado es un mito.
Los reclutan allí donde un muchacho de quince años mira a su alrededor y se da cuenta de que no hay un colegio digno. No hay una universidad pública a su alcance. No hay un centro cultural ni una cancha para hacer deporte.
Y muchas veces, ni siquiera hay un plato de comida en su mesa.
Esa miseria, esa crisis profunda, esa ausencia absoluta de oportunidades, es el vientre oscuro donde nacen los Benditos Menores por montones.
Allí, el crimen casi nunca es una vocación. Empuñar un arma no es una elección de vida.
Lamentablemente, es la única ruta de escape al hambre. Es el camino obligado que impone el instinto de supervivencia cuando la sociedad te cierra todas las puertas.
Y es aquí donde el debate debe golpear la mesa. Donde debemos tener la valentía de apuntar con el dedo al verdadero monstruo.
Al criminal más grande de todos. Al asesino silencioso que desangra al país y que sirve como caldo de cultivo para la violencia.
Se llama corrupción.
No es una palabra de cajón para adornar discursos. Es una tragedia matemática, fría y letal.
Según los reportes históricos de la Contraloría y los organismos de control, la corrupción le roba a Colombia la espeluznante cifra de 50 billones de pesos cada año.
Cincuenta billones. Deténgase un segundo a procesar la magnitud de esta atrocidad.
Con el dinero que se roban en un solo año, Colombia podría construir miles de hospitales de primer nivel. Podría garantizarle la universidad gratuita a todos los jóvenes de las clases populares. Podría erradicar la desnutrición infantil de tajo.
Pero esa plata jamás llega a la vereda. No pisa el barrio. No entra a la comuna.
Se queda en los bolsillos de unos pocos privilegiados que no usan pasamontañas ni botas pantaneras. Usan corbatas de seda, chequeras abultadas y camionetas blindadas.
Son los que se roban la plata de las escuelas que siempre se quedan a medias, condenando a los niños a la ignorancia.
Son los que se embolsillan el presupuesto del Programa de Alimentación Escolar, quitándole la leche y el pan de la boca a los menores más vulnerables.
Son los que desangran los hospitales públicos. Los que desvían la plata de los proyectos culturales. Y los que saquean, sin el más mínimo asomo de humanidad, los recursos destinados a darles comida y dignidad a nuestros abuelitos.
Tenemos que entenderlo de una vez por todas. Cada vez que un político o un contratista corrupto se roba el presupuesto público, le está poniendo un fusil en las manos a un joven.
Al robarse la educación y el bienestar, le están abonando el terreno a los grupos al margen de la ley para que lleguen, adoctrinen y recluten a nuestros muchachos sin el menor esfuerzo.
La clase corrupta es la verdadera autora intelectual de nuestra violencia. Son los gerentes de esta gigantesca fábrica de monstruos.
Le hemos declarado, con todo el poder militar del Estado, la guerra al sicario, al extorsionista y al narco. Y repito, eso es necesario y lo aplaudimos de pie.
Pero, ¿Cuándo le vamos a declarar la guerra, con esa misma fiereza, con esos mismos mega operativos y con esa misma letalidad judicial, a los que se roban el futuro del país?
Mientras no lleguen las oportunidades a los sectores populares, mientras permitamos que los recursos de todos se queden en las cuentas bancarias de los mismos de siempre, la paz será un espejismo.
Seguiremos atrapados en un ciclo eterno de sangre. Llorando a nuestros muertos, contando bandidos abatidos en los noticieros y viendo cómo nuevos ejércitos de jóvenes sin futuro se forman en las calles.
Ya es la hora de despertar. Es hora de exigir que la verdadera cacería comience en las oficinas donde se firman los contratos amañados.
Es el momento histórico de matar la culebra por la cabeza.
Porque solo el día en que un corrupto sienta el mismo terror por la justicia que siente un delincuente perseguido en el monte, dejaremos de enterrar bandidos para empezar, por fin, a graduar ciudadanos.
No hay comentarios.:
SU OPINIÓN ES MUY IMPORTANTE