La brisa metida a editora
Por Wilson Rafael León Blanchar
En Riohacha uno nunca sabe si la brisa es viento… o gerente de mercadeo.
El otro día, un lector caminaba por la calle Primera con su libro Una vida y mil anécdotas, cuando la brisa —atrevida como siempre— lo abrió y le voló los separadores: la receta de bollo limpio, la lista del mercado y la factura del agua.
El hombre salió corriendo detrás de todo aquello, y la gente solo comentó:
—Ahí va otro peleando con la brisa, como si la brisa siguiera órdenes.
Al menos recuperó su papelería y remató diciendo:
—Menos mal el libro no se me fue… ¡ese sí me dolía!
Pero esa misma historia, con otro protagonista, se repitió hace poco en Fonseca.
En plena Plaza Simón Bolívar, un lector estaba tan concentrado en releer su capítulo favorito, que no vio venir un ventarrón de esos que bajan del cerro mapurito sin avisar.
La brisa le voló las notas donde apuntaba sus deudas, un papelito con el número de una muchacha y hasta un recibo de giros que llevaba doblado desde Semana Santa.
La gente del parque, entre risa y lástima, le gritó:
—¡Corra, primo, que Fonseca sí devuelve los papeles… pero el número no!
Él corrió, atrapó lo que pudo y, con tremenda carcajada, soltó:
—Mientras el libro no se me pierda, todo lo demás se recupera.
Y es que los lectores de aquí se parecen: cuidan su libro como oro en polvo.
Por eso ya anda sonando, entre Fonseca y Riohacha, que muy pronto llega el Volumen 2.
Dicen que viene más sabroso, más chispeante y con historias nuevas que harán que la brisa, por pura envidia, quiera llevárselo también.
Así que estén atentos.
El libro viene bajando… y viene con picante.


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