Maduro como trofeo y el Estado como botín funcional

 

hoyennoticia.com

Por Wilson Rafael  León Blanchar


En la política internacional contemporánea, las grandes potencias ya no siempre buscan derrocar sistemas completos ni rehacer Estados desde cero. La experiencia acumulada —de Irak a Libia, de Afganistán a Siria— ha demostrado que el colapso total suele ser más costoso que útil. En su lugar, se impone una lógica más fría y pragmática: golpes quirúrgicos, resultados simbólicos visibles y reacomodos funcionales del poder.


Desde esa perspectiva, resulta pertinente preguntarse si, en el caso venezolano, el verdadero objetivo estratégico de Estados Unidos no habría sido el desmantelamiento del chavismo como sistema, sino algo más concreto: mostrar resultados políticos en el Caribe, asegurar el acceso al petróleo y evitar un vacío de poder incontrolable.


El valor del trofeo

Cuando una administración estadounidense invierte recursos significativos —presencia naval, inteligencia, presión diplomática, sanciones y costos políticos— necesita justificar esos esfuerzos ante su opinión pública y ante su propio aparato de poder. En ese contexto, los resultados estructurales suelen ser lentos e invisibles, mientras que los resultados simbólicos son inmediatos y comunicables.


Un líder altamente personalizado como Nicolás Maduro concentra un valor que va más allá de su función administrativa: encarna el conflicto. Su salida del tablero, real o política, puede ser presentada como victoria sin necesidad de desmontar todo el sistema que lo rodea. El trofeo cumple así una función narrativa: ordena el relato, justifica los costos y permite cerrar un ciclo político.


El petróleo como objetivo estructural

Pero los trofeos no sostienen economías ni estrategias de largo plazo. El verdadero activo es el petróleo. Y el petróleo venezolano —por su volumen, localización y calidad— no puede ser gestionado desde el caos absoluto.


Para reinsertar a Estados Unidos y a sus empresas en la extracción y comercialización del crudo venezolano se requiere algo que suele pasarse por alto en los discursos maximalistas: continuidad administrativa, control territorial y conocimiento técnico local. Destruir por completo el aparato estatal habría sido incompatible con ese objetivo.


Desde esta óptica, la permanencia de figuras clave del poder chavista no necesariamente indica afinidad ideológica ni indulgencia moral, sino funcionalidad. Estados que desean operar recursos estratégicos prefieren interlocutores conocidos, estructuras intactas y cadenas de mando operativas antes que escenarios de guerra prolongada o fragmentación.


La lógica del reacomodo, no de la purga

Este enfoque ayuda a entender por qué, en escenarios de alta tensión, no todos los actores reciben el mismo trato ni el mismo nivel de protección. En los reacomodos de poder, algunos aliados dejan de ser estratégicamente valiosos y se vuelven prescindibles. No por decisiones explícitas de eliminación, sino por cambios en la jerarquía de prioridades.


En este tipo de operaciones, los costos humanos no siempre responden a órdenes directas, sino a exposiciones diferenciales, silencios tácticos y reglas implícitas de no escalamiento. La geopolítica moderna funciona menos por decretos visibles y más por lo que se decide no defender.


Estabilidad antes que redención

Lejos de los discursos de redención democrática o justicia internacional, la lógica que parece imponerse es la de la estabilidad negociada. Un Estado que sigue funcionando —aunque sea con profundas contradicciones— resulta más manejable que un territorio fragmentado. Para Washington, el dilema no es moral sino operativo: controlar flujos, reducir riesgos y asegurar intereses estratégicos.


Esto no implica una absolución política ni ética de los actores que permanecen en el poder. Implica, más bien, reconocer que la política exterior de las grandes potencias rara vez se rige por principios absolutos, y casi siempre por balances de costo-beneficio.


Conclusión

Visto así, el escenario venezolano no se explica adecuadamente como una victoria total ni como una derrota ideológica. Se asemeja más a un ajuste de tablero:

un símbolo que se retira,

un recurso que se asegura,

un aparato estatal que se conserva,

y unos costos que se asumen en silencio.

En la geopolítica real, los trofeos legitiman, los recursos mandan y la estabilidad —aunque imperfecta— suele imponerse sobre el colapso. Lo demás pertenece al terreno de los discursos.

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