Ni agua, ni comida… ni el aire
Por Wilson Rafael León Blanchar
La cosa empezó como empiezan las verdades grandes en Fonseca: debajo de una sombra espesa, con el sol apretando y el silencio mirando de reojo.
Toño el Loco estaba sentado en la piedra de siempre, vestido como vitrina ambulante:
dos guaireñas Michelin colgadas al cuello,
dos Goodyear cruzadas en el pecho,
una Firestone amarrada a la cintura
y una Pirelli vieja que usaba de respaldo,
todas bien visibles, como si el hombre cargara el inventario completo del caucho mundial.
Alguien soltó la noticia como quien tira una cáscara de guineo:
—Dicen que Petro va pa’ donde los gringos, invitado por Trump…
Toño se acomodó una Michelin, miró al suelo y largó la frase que ya era leyenda:
—Yo a los gringos ni le recibo agua, tampoco comida y mucho menos le respiro el aire.
Guillermo el Oso levantó el ala del sombrero, midiendo las palabras:
—Ajá, Toño… pero una cosa es uno y otra cosa es el Presidente.
—¡Por eso mismo! —saltó Toño—.
Uno puede estar loco, pero no regalado.
Eso de ir sin que el camino esté barrido es como ponerse guaireñas sin revisar si están lisas.
Víctor Ñoñi soltó la risa corta:
—Eso es como entrar al billar de Machado sin saber quién fía y quién cobra…
El Chijo, con la voz baja y filosa, dejó caer la suya:
—Pa’ eso existen embajadores,
pa’ que el jefe no tenga que ir a poner el pecho.
Fue entonces cuando Chago Pérez, que siempre hablaba como quien no quiere dejar huella, se acercó despacio y dijo casi en secreto, mirando al horizonte:
—Uno nunca sabe…
hay lugares donde hasta el aire viene con historia.
Dicen por ahí que las enfermedades no siempre llegan solas,
a veces las traen los descuidos.
Nadie preguntó más.
En Fonseca, cuando alguien habla así, el mensaje ya llegó.
Moya, que había escuchado todo sin interrumpir, cerró con tono sereno:
—Un presidente no viaja a apagar incendios que otros no han controlado.
Eso se arregla primero con diplomacia, no con pasaporte.
Toño se levantó.
Las guaireñas Michelin, Goodyear, Firestone y Pirelli sonaron como campanas,
y sentenció con su lógica torcida pero firme:
—Que manden primero al mensajero,
que limpien la mesa,
y solo cuando el plato esté servido, que llegue el invitado.
Se ajustó la última guaireña y remató:
—Porque si no,
uno termina agradeciendo un vaso de agua que nunca pidió
y respirando un aire que no es de uno.
Nadie dijo nada.
En Fonseca, cuando Toño el Loco habla con todas sus guaireñas puestas
y Chago deja caer una sombra,
hasta los cuerdos bajan la voz.


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