El progresismo no es izquierda ni derecha: una nueva forma de entender la política en América Latina
Por: Wilson Rafael León Blanchar
Durante más de dos siglos la política se explicó con una fórmula sencilla: izquierda o derecha. Esa clasificación, nacida tras la Revolución Francesa, organizó el debate público alrededor de dos grandes preguntas: ¿más Estado o más mercado? ¿más igualdad o más tradición?
Pero en el siglo XXI esa división ya no alcanza para describir lo que está ocurriendo. En América Latina —y particularmente en Colombia— ha tomado fuerza una corriente política que no encaja del todo en esa vieja dicotomía: el progresismo.
¿Qué es realmente el progresismo?
El progresismo no se define exclusivamente por un modelo económico. Tampoco es simplemente una versión moderna de la izquierda clásica. Más bien, es una orientación política que coloca en el centro el cambio cultural y la ampliación de derechos.
Mientras la izquierda tradicional priorizaba la lucha económica (clase trabajadora vs. capital) y la derecha defendía el orden institucional y la tradición, el progresismo pone el foco en:
Inclusión social
Derechos civiles
Reconocimiento de minorías
Equidad de género
Reformas institucionales graduales
Su eje no es únicamente cuánto interviene el Estado en la economía, sino cómo se transforma la sociedad.
¿Es izquierda?
En algunos aspectos, sí coincide con la izquierda: defensa de programas sociales, políticas redistributivas y ampliación del gasto social.
Pero a diferencia de la izquierda clásica del siglo XX, el progresismo no propone necesariamente sustituir el sistema económico vigente. En muchos casos convive con economías de mercado abiertas y busca reformas graduales más que revoluciones estructurales.
¿Es derecha?
Tampoco. Porque el progresismo cuestiona elementos centrales del conservadurismo: tradiciones rígidas, estructuras sociales jerárquicas y resistencia al cambio cultural.
Su impulso es reformista, no restaurador.
El progresismo en América Latina
En la región, distintos líderes han sido catalogados como progresistas, aunque con matices diferentes.
En Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva combinó estabilidad macroeconómica con fuertes programas sociales.
En Chile, Michelle Bachelet y actualmente Gabriel Boric han impulsado agendas de derechos y reformas institucionales dentro del marco democrático.
En Uruguay, Tabaré Vázquez y José Mujica desarrollaron políticas sociales amplias sin romper el orden económico.
En México, Andrés Manuel López Obrador ha sido interpretado por algunos analistas como un caso híbrido: con fuerte énfasis social, pero también con rasgos nacionalistas propios.
¿Y en Colombia?
En Colombia el debate es más reciente y más polarizado.
El presidente Gustavo Petro es identificado por sus seguidores como representante de un proyecto progresista centrado en transición energética, reforma social y ampliación de derechos. Sus críticos lo ubican más claramente dentro de la izquierda.
Claudia López, exalcaldesa de Bogotá, ha sido asociada con un progresismo urbano enfocado en inclusión, transparencia y agenda ambiental.
Sergio Fajardo ha sido descrito como una figura de centro progresista, con énfasis en educación y reformas institucionales sin confrontación ideológica radical.
Las etiquetas varían, pero lo cierto es que el debate ya no cabe en los moldes tradicionales.
¿Por qué el progresismo genera tanta polémica?
Porque altera el mapa político conocido.
Desde sectores de izquierda se le critica por no ir lo suficientemente lejos en transformaciones económicas profundas.
Desde sectores conservadores se le cuestiona por promover cambios culturales rápidos que alteran tradiciones sociales.
Esa doble crítica revela algo importante: el progresismo no pertenece por completo a ninguno de los extremos.
Una política del siglo XXI
Quizás la mejor forma de entenderlo es esta:
La izquierda y la derecha discuten principalmente sobre la economía del poder.
El progresismo discute sobre la cultura del poder.
No se trata solo de quién gobierna, sino de cómo se redefine lo que la sociedad considera justo, legítimo o aceptable.
En un mundo atravesado por redes digitales, globalización y nuevas identidades sociales, el progresismo surge como una respuesta adaptativa. Puede gustar o no. Puede ser eficaz o fallar. Pero ignorarlo sería desconocer una de las fuerzas políticas más influyentes del presente.
La pregunta ya no es si es izquierda o derecha.
La pregunta es si estamos ante una nueva etapa de la política contemporánea.
Y esa discusión apenas comienza.


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