Los hijos de Galán salieron con plumas en las canillas
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Por: Wilson Rafael León Blanchar
El 18 de agosto de 1989 Colombia quedó estremecida por el asesinato de Luis Carlos Galán Sarmiento. No fue solamente la muerte de un candidato presidencial que encabezaba las encuestas; fue la interrupción violenta de un proyecto político que buscaba limpiar la democracia colombiana del narcotráfico, el clientelismo y la corrupción.
Galán había fundado el Nuevo Liberalismo como una rebelión ética dentro del liberalismo tradicional. Su propuesta era clara: modernizar el Estado, enfrentar sin titubeos al narcotráfico y dignificar la política.
Pero la historia del galanismo tomó un giro inesperado inmediatamente después de su muerte.
En medio de la conmoción nacional, el movimiento terminó respaldando la candidatura presidencial de César Gaviria, quien había sido jefe de debate de la campaña de Galán. En la práctica, el enorme caudal electoral que seguía al líder asesinado terminó trasladándose a Gaviria, quien finalmente llegó a la presidencia.
Ese fue el primer gran viraje del galanismo.
Décadas después, el apellido Galán volvió a ocupar espacios importantes en la política colombiana. Sus hijos, Juan Manuel Galán y Carlos Fernando Galán, han reivindicado el legado del padre y han intentado revivir el Nuevo Liberalismo.
Sin embargo, la política contemporánea ha mostrado nuevas paradojas.
Juan Manuel Galán terminó respaldando la candidatura presidencial de Paloma Valencia, una de las figuras más representativas del sector político cercano al expresidente Álvaro Uribe.
Por su parte, Carlos Fernando Galán, hoy alcalde de Bogotá, ha sostenido diferencias públicas con decisiones del gobierno progresista de Gustavo Petro, especialmente en temas relacionados con el ordenamiento territorial de la Sabana de Bogotá y otros asuntos de política urbana.
Así, el movimiento que nació como una corriente renovadora del liberalismo terminó transitando por alianzas, tensiones y acomodos propios de la política contemporánea.
Tal vez por eso la sabiduría popular lo resume con una frase sencilla:
Los hijos de Galán salieron con plumas en las canillas.
En el lenguaje de las galleras, los gallos finos —los de linaje— tienen las canillas limpias. Cuando aparecen plumas en las canillas, los viejos gallísticos lo dicen sin rodeos: ese gallo no es de casta fina… es basto.
Algo parecido parece haber ocurrido en la política colombiana. Del gallo fino que fue Galán quedó el recuerdo del linaje y la dignidad. Pero en la arena política de hoy, sus herederos han terminado moviéndose —como tantos otros— con las inevitables plumas en las canillas que deja el barro de la política real.



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