Los coscorrones de Vargas Lleras
Por: Wilson Rafael León Blanchar
En Fonseca se decÃa que la polÃtica era como el guarapo caliente: mientras más dulce parecÃa, más rápido emborrachaba. Y si la conversación agarraba candela debajo del palo de higuito en el patio de José El Ombligón, entonces aquello terminaba más enredado que anzuelo en mochila de pescador.
Aquella tarde el pick up sonaba bajito con un paseo viejo de Emiliano Zuleta mientras el hielo sudaba dentro de una ponchera azul y las cervezas desaparecÃan más rápido que polÃtico en época de elecciones.
Allà estaban sentados Chago Pérez, VÃctor Ñoñi, Tabaquito, Periquito y Chu Torres, quien fumaba tabaco con la misma rabia con que otros discuten de fútbol.
La Ombligona caminaba de un lado a otro vendiendo cerveza y sobándose aquella barriga monumental que parecÃa tanque elevado de acueducto rural.
Entonces VÃctor Ñoñi soltó:
—Oigan… ¿y será verdad que Germán Vargas Lleras heredó los coscorrones del abuelo?
Chago Pérez sonrió lentamente.
Cuando Chago sonreÃa asà era porque venÃa una historia más peligrosa que burro con totuma en la cabeza.
—Compadre… yo no sé si heredó los coscorrones… pero sà te digo una vaina: hay gente que nació creyendo que el resto del mundo vino fue a pedirles permiso.
—¡Más alzaos que cometa en agosto! —gritó Tabaquito.
La Ombligona soltó una carcajada.
—Aquà hay doctores que saludan como si estuvieran perdonándole a uno la vida.
Chago levantó el dedo.
—Eso viene de familias polÃticas viejas… gente muy preparada, muy inteligente, pero con un genio más duro que yuca cruda. Dicen que el abuelo acomodaba ministros con una sola mirada.
—¿Y el nieto? —preguntó Periquito.
—Ese también salió con el carácter atravesao… como iguana en tubo.
Chu Torres escupió hacia el patio.
—A mà me desespera la gente que trata mal a los demás sólo porque tiene poder.
Entonces Chago arrancó el cuento.
—Hace años me tocó ir a Bogotá a hacer una diligencia. ¡Ave MarÃa! Esa ciudad sà es rara… allá la gente vive apurada hasta pa’ bostezar. Entré a un edificio del gobierno donde todo olÃa a aire acondicionado, café caro y preocupación.
“Suba”.
“Baje”.
“Espere”.
“Firme aquÔ.
Más vueltas me hicieron dar que trompo de pelao malcriao.
Y en esas veo venir a un polÃtico famoso rodeado de escoltas y periodistas. El hombre caminaba tieso… serio… como si cargara el paÃs metido en los bolsillos.
De repente un muchacho se atravesó sin mirar.
¡Pácata!
Le soltó un coscorrón elegante.
Fino.
Ejecutivo.
La Ombligona casi deja caer una cerveza.
—¡No joda! ¡Un coscorrón presidencial!
Las carcajadas hicieron temblar las hojas del higuito.
—¿Y qué hizo el pelao? —preguntó VÃctor Ñoñi.
—Quedarse quieto… más frÃo que pescado en Semana Santa.
Pero Chago levantó la mano.
—Espérense… que lo raro vino después.
Esa noche soñé que estaba otra vez en Fonseca. El parque principal aparecÃa lleno de polÃticos sentados frente a máquinas de coser antiguas, sudando bajo el calor.
Y al frente estaba Mita Coco, moviendo el pedal de una Singer negra mientras les daba clases.
—“Aprendan primero a remendar el trato con la gente antes de andar remendando el paÃs” —les decÃa.
Cada vez que alguno hablaba con soberbia, Ña Mita Coco agarraba una cinta métrica y le daba un cintarazo en el escritorio.
¡Pácata!
—“La arrogancia también se descose, hijos e’ su madre” —gritaba.
Tabaquito ya lloraba de la risa.
Entonces apareció el espÃritu serio de Carlos Lleras cruzando el parque con unos papeles invisibles bajo el brazo, mientras Germán Vargas Lleras iba detrás soltando coscorrones diplomáticos a todo polÃtico grosero que encontraba.
El viento sopló duro.
Las hojas comenzaron a sonar como aplausos viejos.
Y cuando desperté… amanecà con un chichón aquà mismo.
Chago se tocó la cabeza.
Silencio.
La Ombligona abrió los ojos.
—¿Y quién te golpeó?
Chago tomó el último sorbo de cerveza y respondió:
—La soberbia ajena… que a veces camina sola por el mundo buscando cabeza donde aterrizar.
Nadie habló por unos segundos.
Hasta que Chu Torres murmuró:
—En este paÃs hay gente que cree que el poder sirve pa’ mirar a los demás desde arriba…
Y desde aquella tarde, cuando alguien en Fonseca empieza a mandar demasiado o a tratar mal a la gente humilde, todavÃa dicen debajo del palo de higuito:
—“Epa… cuidado y amaneces con el coscorrón institucional…”

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