El curso de dramaturgia de los políticos del mundo

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Por: Wilson Rafael León Blanchar


Obra de ficción. Los personajes y diálogos pertenecen al ámbito de la sátira literaria.

 

En Macondo nadie supo quién tuvo la ocurrencia, pero una mañana apareció un aviso pegado en la puerta del viejo teatro municipal:

 

"Diplomado Internacional de Dramaturgia Aplicada a la Política Latinoamericana"

 

Debajo, en letras más pequeñas:

 

"Curso teórico-práctico basado en un único estudio de caso: ¿Se posesiona o no se posesiona Abelardo?"

 

La noticia recorrió el mundo con la velocidad de los rumores importantes. A los pocos días comenzaron a llegar los alumnos. Algunos descendieron de aviones oficiales; otros, de helicópteros sin insignias; unos pocos prefirieron entrar por la puerta trasera para que nadie pudiera asegurar que habían estado allí. En la lista figuraban nombres que ocupan titulares en todo el continente. El de Abelardo aparecía al final, con una nota que despertó la curiosidad de todos: "Participará únicamente como estudio de caso".

 

El director del curso era un hombre de cabello completamente blanco, famoso por haber formado a los mejores actores del mundo. Se decía que era capaz de convertir una simple duda en una ovación de diez minutos. A las nueve en punto entró al auditorio llevando únicamente un viejo ejemplar de El arte de la guerra. Lo depositó sobre la mesa, esperó un minuto en silencio y dijo:

 

—Bienvenidos. Han venido a aprender dramaturgia, no política.

 

Cuando le preguntaron la diferencia, solo sonrió: "Si al terminar el curso todavía hace esa pregunta, habré fracasado". Luego escribió lentamente en el tablero:

 

PRIMERA LECCIÓN

Toda representación necesita un conflicto.

Todo conflicto necesita espectadores.

Sin espectadores no existe el poder.

 

A la pregunta de si el caso ya había ocurrido o estaba en curso, respondió: "Si todos conocieran la respuesta, este curso sería inútil. El objetivo no es descubrir la verdad, sino comprender cómo se construyen las distintas versiones de una misma historia". Y dejó planteada la consigna que regiría todo el diplomado: "Nunca analicen lo que un personaje dice. Analicen por qué necesita decirlo". La silla destinada a Abelardo permanecía vacía.

 

A la mañana siguiente, el profesor encontró a todos reunidos media hora antes. El nombre de Abelardo seguía en el tablero, rodeado de un gran signo de interrogación. El maestro dibujó entonces dos puertas: sobre la primera escribió "Sí se posesiona", sobre la segunda "No se posesiona". Y advirtió:

 

—Ninguna de esas puertas conduce a la verdad. Ambas conducen al teatro. Se entra por la que resulte más convincente para el público —que no decide la obra, sino cuál desea creer.

 

Luego abrió una caja de madera con máscaras de todos los tamaños y expresiones: serenas, exageradas, blancas, transparentes, mitad blanca y mitad negra, llamativas... y una completamente lisa. "Es la neutralidad —dijo—, la más difícil de interpretar".

 

En el ejercicio, algunos defendieron una postura sin pruebas pero con gran seguridad: "La seguridad siempre llega antes que las pruebas". Otros la contraria con igual firmeza: "La duda también puede hablar con absoluta certeza". Se comprendió entonces que dos discursos opuestos pueden parecer igualmente sólidos si se domina el escenario, y que "las palabras pertenecen al diálogo; las intenciones pertenecen al personaje".

 

Más tarde ingresó un anciano con un libro gastado, quien recordó la máxima antigua: "Cuando estés cerca, haz creer que estás lejos; cuando estés lejos, haz creer que estás cerca". Y aclaró: "No vengo a enseñar estrategias militares, sino a recordarles que toda estrategia comienza en la imaginación del adversario —especialmente en un escenario". Luego desapareció sin más. El último ejercicio consistió en representar siempre lo contrario de lo que decía un sobre cerrado: nadie logró descubrir la instrucción real de sus compañeros.

 

Llegó el día del examen final y el teatro estaba repleto: periodistas, analistas, vendedores de café y curiosos que juraban entender de dramaturgia mejor que Shakespeare. Sobre el escenario solo había una silla, un atril y un reloj de arena. El profesor apareció vestido de negro, sin apuntes ni libros, y reveló lo inesperado:

 

—Recuerden: el estudio de caso nunca fue Abelardo. Siempre fueron ustedes. La regla es clara: si alguno intenta convencer al público de que posee la verdad absoluta, habrá reprobado. Que el público te crea no demuestra que tengas razón, solo que actuaste bien.

 

Uno tras otro pasaron al atril: hablaron diez minutos sin responder una sola pregunta, usaron silencios tan prolongados que parecían haber terminado, defendieron tesis opuestas con idéntica calma, citaron documentos imaginarios con tal naturalidad que algunos espectadores los buscaron en sus teléfonos. Donald resumió su lección: "No importa quién escriba el libreto: lo importante es lograr que todos hablen de él". Solo Gustavo dijo con voz baja: "Tal vez todos estamos discutiendo la última escena sin haber entendido la primera".

 

En ese momento las puertas del fondo se abrieron. Un hombre cruzó el pasillo iluminado por una luz intensa, miró la silla vacía y siguió su camino sin pronunciar palabra. Inmediatamente surgieron mil versiones, titulares y análisis sin comprobación. Cuando el bullicio fue mayor, el maestro anunció:

 

—El examen ha terminado. Una representación no acaba cuando baja el telón: comienza cuando el público sale a discutir lo que creyó ver.

 

Y formuló la pregunta verdadera:

 

—¿Quién escribió el libreto que los obligó a discutir durante cuarenta días sobre una silla que jamás estuvo ocupada?

 

Nadie supo responder. Al irse, cada quien estaba convencido de haber presenciado un hecho distinto. Años después, al demoler el viejo teatro, los obreros hallaron bajo el escenario un sobre amarillento con una sola frase:

 

"La mejor actuación no consiste en convencer al adversario, sino en lograr que él mismo represente el papel que usted escribió para él."

 

Hoy, en Macondo, cuando alguien afirma poseer toda la verdad sobre un asunto público, los viejos sonríen con discreción y preguntan:

 

—¿Usted estuvo en el teatro... o solo leyó el libreto que otro escribió?

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