Hermes López Deluque: el cronista de la Vieja Riohacha

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Hermes López Deluque, qepd.



Por Weilder Guerra Curvelo

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Me llega hoy, con dolor, la noticia de la partida de Hermes López Deluque, y me corresponde la triste tarea de escribir este obituario para quien fue, durante años, una de las voces más genuinas de la Riohacha que ya no existe sino en el relato.


Hermes era un cronista de la Vieja Riohacha , con su Barrio Arriba como  núcleo histórico y primigenio de una  ciudad que miraba hacia el Caribe, hacia ese mar que trajo antaño a curtidos marineros y a hábiles contrabandistas cuyas historias él supo rescatar como pocos. Lo seguí primero en sus escritos en los medios locales, y confieso que me sentía más reflejado en su prosa sencilla y entrañable que en la de muchos columnistas nacionales de mayor renombre. Había en Hermes una autenticidad que no se aprende en las escuelas de periodismo: la de haber nacido y crecido en la misma ciudad que narraba, la de conocer de memoria los nombres, los apodos y las voces de su gente.


Tuve después el privilegio de conocerlo personalmente, y con él a su compañera Maricarmen, quien también se convirtió en mi amiga. Luego seguí sus columnas cuando ya escribía desde la distancia, desde Villa Alemana, en Chile, tierra que lo acogió sin lograr nunca desplazar del todo el sol de su Riohacha natal.


Era un hombre profundamente sensible a las causas comunitarias, siempre del lado de los vulnerables. Escribió contra la indiferencia frente al maltrato a la mujer, contra la polarización que amenaza con hacernos matar por los intereses de unos pocos, y a favor de quienes no tenían otra tribuna que su pluma generosa. Esa sensibilidad social no era un accesorio de su escritura: era su columna vertebral.


Contaba, con particular cariño, anécdotas de su padre, en las que se transparentaba entre ambos una camaradería picaresca, esa complicidad traviesa que solo existe entre quienes se quieren sin solemnidades. Y tenía un don extraño y valioso: nos anunciaba desde lejos, en cuestión de minutos, los fallecimientos de la vieja Riohacha, como si su vigilia sobre la memoria colectiva no descansara nunca, como si desde Chile mantuviera un hilo invisible tendido hacia cada esquina de su ciudad natal.


Fue también periodista judicial, y caminó en sus años de reportería junto al dolor más crudo de la ciudad, al lado de la morgue, en 2004. Esa cercanía temprana con la muerte no lo volvió amargado; decidió, tras haber llorado bastante —como él mismo confesaba—, mirar la vida como una comedia y afrontar la vejez con humor. Escribía sobre las tardes de tertulia en "El congresito de Monro" junto a Lucho Siosi, sobre los amigos que se le fueron adelantando —como su querido Trujillo—, sobre la historia menuda del vallenato que le dio alma a su tierra. Leerlo era sentarse con él en la Avenida 14 de Mayo a conversar sin prisa, con el Caribe de fondo.


Sus amigos lo esperábamos este diciembre. Sabíamos que, como cada tanto, retornaría nostálgico a su ciudad natal, y ya imaginábamos las tertulias pendientes, las anécdotas nuevas, el abrazo postergado por la distancia. Esa espera, hoy, se nos vuelve una herida abierta: el diciembre que se avecina ya no traerá su regreso, sino el vacío de su ausencia.


Hoy nos toca, con el pecho apretado, despedir a quien tantas veces nos anunció las partidas de otros. Se va el guardián voluntario de una nostalgia colectiva que ahora nos queda a nosotros custodiar, porque los pueblos no mueren mientras alguien recuerde sus nombres propios.


Mis condolencias más sentidas para Maricarmen y para toda la familia de Hermes. Walcott intuyó que en el Caribe la historia no habita en monumentos ni se escribe en piedra, sino que se disuelve en el paisaje, convertida casi en un susurro que el oído distraído no alcanza a percibir. Hermes fue, durante décadas, ese oído atento: el que supo escuchar, bajo el ruido del presente, el murmullo apenas audible de una Riohacha que el tiempo amenazaba con silenciar del todo. Que el mismo Caribe que él miró desde el Barrio Arriba siga guardando, en su vaivén incesante, la memoria de su nombre.

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