El combo y los fantasmas de Santa Rosa
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Por: Wilson Rafael León Blanchar
La idea fue de Changa, que se apareció con su pañuelo blanco en la cabeza y con esa risita de negro sabroso:
—¡Oigan! ¿Por qué no vamos pa’ Santa Rosa a ver si es verdad que las ruinas hablan de noche?
Enrique Marulanda, con esa voz de pito que ya era un chiste, saltó:
—¡Ajá, muchacho, yo lo que quiero es ver si me regalan una joyita de esas que dicen que están enterradas!
Chago Pérez enseguida le contestó:
—No seas bruto, Enrique, que dicen que el que toca esos tesoros se muere echando sangre por la boca… ¡y tú ya bastante jodes vivo, imagÃnate muerto!
El Oso, que siempre cargaba su acordeón, dijo que eso merecÃa paseo con música. VÃctor Ñoñi aceptó de una vez, porque él no se perdÃa ni un velorio si habÃa guarapo y jodedera. Y pa’ acabar de animar la cosa, apareció Toño el Loco, con sus guaireñas de caucho y anunciando que él sà sabÃa cómo espantar cualquier maleficio:
—¡Con un rezado y tres palmaditas en la barriga, muchachos, no pasa ná!
Camino a Manaure
Nos fuimos en la camioneta destartalada de Pereré, que parecÃa pedir cacao en cada trocha. Desde que arrancó, ya iba armando el show:
—¡Agárrense bien, que esta nave anda sola y le gusta brincar más que cabra en peñero!
La camioneta sonaba a lata vieja y cada hueco que cogÃa hacÃa rebotar a todos. Enrique gritaba que le iba a partir la columna, Changa se reÃa como si fuera en columpio, y Vira Tiempla lo regañaba a cada rato:
—¡Pereré, no seas animal, que me vas a voltear la cabeza contra la puerta!
Él respondÃa sin soltar el timón:
—¡Tranquila, mija, que si nos mata el brinco, nos resucita el susto que nos espera en Santa Rosa!
En el camino, pasamos por las salinas de Manaure, blancas como un mar de fantasmas bajo el sol. Allà Zapurro se puso serio y dijo:
—Miren pa’ allá… esas luces que se mueven son Keralia, la que se enamora de uno y después lo mata.
Enrique, que no se aguantaba una, le respondió:
—¡Pues que venga! ¡Con esa mala suerte que tengo yo, capaz y se enamora de Changa en vez de mÃ!
El grupo estalló en carcajadas, mientras Changa sacudÃa su pañuelo y decÃa:
—¡No me metas en tus desgracias, Enrique, que yo todavÃa estoy pa’ criar pelaos!
La llegada a Santa Rosa
Cuando llegamos a las ruinas de Santa Rosa, el aire se puso raro. Un viento caliente nos pasó por la cara, y hasta el Oso dejó de tocar el acordeón. Las paredes quemadas parecÃan tener ojos, y de pronto un gemido nos erizó hasta las uñas de los pies.
Vira Tiempla, que siempre se hacÃa la valiente, empezó a santiguarse como si le estuviera dando calambre.
De repente, Toño el Loco, con voz de predicador en feria, gritó:
—¡Ahà viene la sirvienta quemadaaa!
Todos salimos corriendo, menos Enrique, que se enredó con una piedra y cayó de boca. Cuando lo levantamos, juraba que habÃa visto una mujer ardiendo en candela, que le sonrió y le dijo con voz ronca:
—“Tú eres mÃo…”
Desde ahÃ, Enrique quedó mudo por tres dÃas… ¡y eso sà fue un milagro que agradeció medio Fonseca!
El desenlace
Para espantar el susto, terminamos en una ramada tomando chicha de maÃz. Changa sacó la guacharaca, el Oso el acordeón, y armamos un mini parrandón. Pero cada vez que alguien mencionaba la palabra “tesoro”, el viento soplaba fuerte, como si la ruina nos oyera y no quisiera que siguiéramos jodiendo.
Chago Pérez, con tono sentencioso, cerró la noche:
—¡Vean, hermanos, la vida es mejor con risas y guarapo que buscando tesoros malditos!
Y asÃ, entre miedo, carcajadas y el eco de los fantasmas, nos devolvimos pa’ Fonseca en la camioneta de Pereré, que seguÃa rebotando como mula vieja, mientras él gritaba orgulloso:
—¡Si no se asustaron en Santa Rosa, aquà en la trocha yo los termino de matar del susto!

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