Cuando el campo nos habla en silencio
Por Wilson Rafael León Blanchar
(Especialista en Educación Ambiental)
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En muchos territorios agrícolas del mundo, los sistemas productivos funcionan como engranajes bien ajustados: el cultivo alimenta al ganado y el ganado sostiene la economía local. A simple vista, todo parece coherente y eficiente. Sin embargo, desde la mirada de la educación ambiental, ningún proceso productivo puede analizarse de manera aislada.
La agricultura intensiva contemporánea suele apoyarse en el uso de pesticidas, fungicidas y fertilizantes inorgánicos. Parte de los residuos vegetales derivados de estos cultivos termina siendo aprovechada como alimento para el ganado. El modelo es económicamente lógico. La pregunta es si también es ecológicamente prudente.
Cuando un animal consume forraje o agua que puede contener trazas de insumos químicos agrícolas, su organismo asume la tarea de metabolizarlos. El hígado —órgano encargado de desintoxicar el cuerpo— se convierte entonces en un indicador biológico temprano. En distintos contextos productivos se han descrito alteraciones hepáticas en animales expuestos de forma prolongada a determinadas cargas químicas, así como posibles efectos relacionados con acumulación de nitratos o presencia de micotoxinas.
No se trata de emitir acusaciones ni de generar alarmas injustificadas. Se trata de comprender que los sistemas vivos funcionan como redes interconectadas. Lo que se aplica al suelo puede terminar circulando por el agua; lo que absorbe la planta puede ingresar al organismo animal; lo que afecta al animal puede, eventualmente, formar parte de la cadena alimentaria humana.
La literatura científica internacional ha señalado que la exposición crónica a ciertos compuestos agroquímicos puede asociarse con alteraciones hepáticas, endocrinas, neurológicas y reproductivas en personas. Estos efectos no son inmediatos ni necesariamente visibles. Su característica principal es la acumulación silenciosa.
Desde la educación ambiental, el principio de precaución es fundamental: cuando existe una posibilidad razonable de riesgo, la respuesta no debe ser la negación, sino el fortalecimiento del monitoreo, la transparencia y la investigación.
El debate no es agricultura versus salud. El verdadero dilema es cómo producir con responsabilidad ecosistémica. La sostenibilidad no puede medirse únicamente en toneladas cosechadas o en cifras de crecimiento. También debe incluir indicadores de calidad ambiental, salud animal y bienestar colectivo.
El campo no siempre grita. A veces sus señales son discretas. Un órgano alterado, un suelo fatigado, un cuerpo que acumula lo que no debería acumular.
Escuchar esas señales no es un acto de oposición al desarrollo. Es, por el contrario, un acto de inteligencia colectiva.
Porque producir alimentos es una actividad económica.
Pero también es una decisión ética.



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