Broca y la libreta del otro mundo
![]() |
Por Wilson rafaél León Blanchar
Dicen los viejos de Fonseca que hay personas que estudian psicología en las universidades y otras que nacen sabiendo más de la cabeza humana que cualquier profesor. Entre estos últimos estaba Broca.
Broca era un hombre alto como poste de luz, ancho de hombros como portón de corral y con unos ojos que parecían de halcón vigilando gallinero. Calzaba más de cuarenta y cuatro, una tragedia para aquellos tiempos en que conseguir zapatos grandes era más difícil que encontrar un político que devolviera un favor.
Por eso usaba unas guaireñas especiales confeccionadas por Juaco el Loco, el único artesano capaz de fabricar semejantes embarcaciones terrestres.
—Compadre —decía Choncha—, cuando Broca camina parece que vienen dos burros cargando panela.
Ya entrado en años, Broca permanecía más tiempo en la hamaca que en la calle. Sin embargo, observaba todo.
Y lo que veía no le gustaba.
Los hijos lo atendían con un entusiasmo tan pobre que parecía servicio prestado por obligación judicial.
Si pedía agua, llegaba cuando ya no tenía sed.
Si pedía comida, aparecía cuando ya había hecho digestión imaginaria.
Y si quería conversación, lo miraban como quien mira una cuenta por pagar.
Una tarde llegaron a visitarlo Chago Pérez, Víctor Ñoñi y Efraín El de la Lata.
—Compadre Broca —dijo Chago—, a usted lo están atendiendo más maluco que zancú en chancleta.
—Tranquilo —respondió Broca—. Aquí lo que falta es tiempo.
Los tres se miraron.
Cuando Broca hablaba así era porque alguna travesura estaba cocinándose en aquella cabeza.
Dos días después apareció caminando por el centro de Fonseca.
Atravesó la plaza.
Pasó frente a la iglesia.
Saludó al cura Oñate.
Y entró en la vieja Caja Agraria, aquella que quedaba cerquita de la casa cural y haciendo esquina junto a la escuela de las monjas.
El gerente lo recibió sonriente.
—Ajá, Broca. ¿Qué negocio traes hoy?
El viejo sacó una libreta de ahorro vieja.
—Ninguno. Vengo a mejorar mis relaciones familiares.
—¿Y cómo es eso?
—Póngame ahí dos millones de pesos y me la sella completica.
El gerente soltó una carcajada.
—¿Te volviste loco?
—No. Voy a hacer un experimento social.
Aquel gerente era tan mamador de gallo como el propio Broca.
Le hizo el favor.
Le estampó sellos.
Firmas.
Y hasta números que parecían recién salidos del Banco de la República.
Broca regresó a su casa.
Dejó la libreta abierta sobre la mesa de noche.
Y se acostó a roncar con una tranquilidad celestial.
A la mañana siguiente una de las hijas encontró la libreta.
Abrió la página.
Leyó la cifra.
Volvió a leer.
Y casi se le salen los ojos como a sapo sorprendido por linterna.
—¡Santísima Virgen!
A partir de ese instante ocurrió el milagro.
El más grande que había visto Fonseca desde que un borracho aseguró haber pescado un bagre que rezaba el rosario.
Broca comenzó a recibir trato de rey.
Lo bañaban temprano.
Le echaban colonia.
Le cambiaban la ropa.
Le servían comida especial.
Le llevaban jugos.
Le daban paseos.
Y hasta le preguntaban qué música quería escuchar.
Choncha fue a visitarlo.
—Compadre, ¿qué pasó aquí?
—Nada.
—¿Nada?
—Apareció el amor familiar y vino acompañado de dos millones!
Semanas después volvió a la Caja Agraria.
—Compadre gerente.
—¿Qué pasó ahora?
—Agréguele quinientos mil más.
—¿Para qué?
—Porque el cariño está bajando de intensidad.
El saldo subió.
Y el afecto también.
Ya no era atención.
Era adoración.
Los hijos parecían empleados de hotel cinco estrellas.
Hasta los nietos aparecieron de la nada.
Algunos que ni conocían el camino de la casa comenzaron a visitarlo cada fin de semana.
Pero el tiempo, que nunca pierde una carrera, terminó alcanzándolo.
Una madrugada Broca cerró los ojos.
Y se fue.
Entonces comenzó la búsqueda.
Buscaron debajo del colchón.
Dentro de las ollas.
Detrás de los santos.
En los baúles.
En los techos.
En las paredes.
Hasta revisaron el gallinero.
Pero los millones nunca aparecieron.
Porque nunca existieron.
Lo único verdadero era la libreta con saldo cero y con la fecha anterior a la muerte de Broca.
Cuando llegó la hora de pagar el sepelio, las cuentas empezaron a perseguir a la familia como perros detrás de motocicleta.
Y entonces apareció el cura Oñate.
Había rezado.
Había acompañado.
Había celebrado misas.
Y también había fiado.
Cuando descubrió que no había con qué pagarle, se puso más serio que juez repartiendo herencia.
Durante una novena exclamó:
—Mientras no aparezca la deuda, el alma de Broca tendrá dificultades para seguir avanzando.
Aquello cayó como piedra en un estanque.
Las viejas comenzaron a rezar.
Los hombres dejaron de beber por media hora.
Y hasta los perros parecieron ladrar más bajito.
Esa misma noche comenzaron los sucesos extraños.
Algunos aseguraban ver a Broca sentado en la plaza.
Otros juraban escuchar sus guaireñas caminando por los corredores.
Efraín El de la Lata declaró públicamente:
—Anoche me habló.
—¿Quién?
—Broca.
—¿Y qué dijo?
—Que sigan buscando los dos millones y medio.
Nueve días después apareció misteriosamente el dinero para cancelar la deuda del cura.
Nadie supo de dónde salió.
Ni quién lo puso.
Ni cómo llegó.
Y el domingo siguiente el cura Oñate anunció desde el púlpito:
—Hermanos, después de mucha oración podemos informar que el hermano Broca ya se encuentra en la gloria de nuestro Señor.
Desde el fondo alguien gritó:
—¡Amén!
Otro respondió:
—¡Aleluya!
Y Víctor Ñoñi remató:
—¡Y ojalá no le haya mostrado la libreta a San Pedro!
La carcajada fue tan grande que las campanas comenzaron a sonar solas.
Y cuentan que desde entonces, cuando algún anciano empieza a recibir demasiados cuidados de repente, los viejos de Fonseca se miran con picardía y dicen:
—Mosca compadre...
porque por ahí debe andar otra libreta de Broca.
Y todos terminan riéndose mientras repiten:
—La cuestión no es el cariño...
¡la cuestión es el tiempo!



No hay comentarios.:
SU OPINIÓN ES MUY IMPORTANTE