Tres miradas sobre el mundo: la bondad, el poder y la contemplación
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Por: Wilson Rafael León Blanchar
La historia de la humanidad no ha sido solamente una sucesión de acontecimientos. Ha sido, sobre todo, una sucesión de maneras de mirar la realidad. Cada época ha construido su propio lenguaje para explicar el mundo, y cada pensador ha levantado una ventana distinta desde donde observar la existencia.
Entre esas ventanas sobresalen dos que parecen enfrentarse desde hace siglos.
Una pertenece a Fiódor Dostoievski. La otra, a Nicolás Maquiavelo.
La primera está abierta hacia el corazón humano.
La segunda, hacia las estructuras del poder.
Sin embargo, existe una tercera posibilidad, menos explorada y quizá más silenciosa: la contemplación.
No pretende sustituir a las otras dos; intenta comprender aquello que las hace posibles.
Dostoievski observa al hombre desde la conciencia. Su preocupación no consiste en saber quién domina el mundo, sino quién conserva intacta su humanidad. En El idiota, el príncipe Lev Mishkin representa la convicción de que la compasión, la verdad y el amor constituyen la fuerza más elevada de la existencia. Su aparente fracaso no demuestra la inutilidad de la bondad; revela la dificultad de una sociedad incapaz de reconocerla.
Maquiavelo dirige la mirada hacia otro horizonte. El poder no espera a que los hombres sean virtuosos. El Estado debe sostenerse aun cuando la naturaleza humana se incline hacia el egoísmo, la ambición o el miedo. Su príncipe no gobierna el mundo ideal, sino el mundo posible. Allí la prudencia, la estrategia y la oportunidad reemplazan las aspiraciones morales como instrumentos de supervivencia política.
Ambos autores describen una parte esencial de la experiencia humana.
Uno protege el alma.
El otro preserva el orden.
Pero ambos permanecen dentro del mismo escenario: el ser humano.
La contemplación propone un desplazamiento más profundo.
No pregunta primero cómo debemos actuar ni cómo debemos gobernar.
Pregunta qué es aquello que llamamos realidad.
Mientras la ética juzga y la política decide, la contemplación observa.
Observa sin prisa.
Sin condenar.
Sin absolver.
Comprende que la realidad no siempre coincide con las palabras que utilizamos para describirla.
Comprende también que el lenguaje, al nombrar las cosas, las separa; y que muchas veces confundimos nuestras descripciones con la realidad misma.
El contemplativo descubre que el bien y el poder no son entidades aisladas, sino manifestaciones de un tejido mucho más amplio donde todo permanece relacionado.
Así como una ola no puede comprenderse separada del océano, tampoco el individuo puede entenderse aislado de la totalidad de la que emerge.
Desde esta perspectiva, la compasión de Dostoievski y el realismo de Maquiavelo dejan de ser enemigos.
Se convierten en expresiones distintas de una misma condición humana.
La contemplación no busca reconciliarlos mediante un compromiso artificial.
Busca comprender por qué ambos existen.
Comprender antes de elegir.
Ver antes de juzgar.
Percibir antes de intervenir.
Esta mirada exige una disciplina diferente.
No consiste en acumular conocimientos, sino en aprender a mirar sin que los prejuicios deformen aquello que aparece ante nosotros.
El contemplativo sabe que cada ciencia fragmenta para explicar; que cada ideología selecciona una parte del mundo y la convierte en totalidad; que cada doctrina ilumina un aspecto mientras oscurece otros.
Por ello comprende que ninguna explicación agota la realidad.
Toda explicación es apenas una aproximación.
Quizá la mayor diferencia entre estas tres visiones resida en la pregunta fundamental que las sostiene.
Dostoievski pregunta:
¿Cómo conservar la dignidad del ser humano?
Maquiavelo pregunta:
¿Cómo conservar el poder y el orden?
La contemplación pregunta:
¿Qué es aquello que existe antes de que aparezcan la dignidad, el poder y hasta las palabras con las que intentamos describirlos?
Tal vez allí comience una filosofía distinta.
Una filosofía que no parte de las respuestas, sino del asombro.
Que no convierte las ideas en trincheras, sino en puentes.
Que entiende que la verdad no pertenece a nadie, porque nadie puede abarcar la totalidad desde un único lugar.
Quizá la humanidad no necesite elegir entre el corazón de Dostoievski y la inteligencia estratégica de Maquiavelo.
Tal vez necesite algo anterior a ambos: recuperar la capacidad de contemplar.
Porque únicamente quien contempla descubre que el poder sin conciencia termina destruyendo la vida; pero también que la conciencia sin comprensión profunda de la realidad puede perderse en la impotencia.
Contemplar no significa permanecer inmóvil.
Significa permitir que la realidad hable antes de que el pensamiento la interrumpa.
Y cuando eso ocurre, el ser humano deja de sentirse dueño del mundo para reconocerse, humildemente, como una expresión más del inmenso tejido de la existencia.
Quizá ese sea el comienzo de una nueva manera de pensar.
No la filosofía del poder.
No únicamente la filosofía de la bondad.
Sino la filosofía de la contemplación: aquella que descubre que el universo no nos pertenece, que nosotros pertenecemos a él, y que comprender esa pertenencia constituye el primer acto de verdadera sabiduría


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