Gabo, el olvido y aquella traición que el tanto temía

hoyennoticia.com


Por: Wilson Rafael León Blanchar 


Hay cosas que solamente pueden ocurrir en el Caribe.


Uno puede levantarse una mañana y encontrar que el sol salió por donde no era, que una abuela lleva treinta años conversando con un muerto como si estuviera sentado en la mecedora de al lado, o que un escritor se pasa media vida inventando una enfermedad para sus personajes y, muchos años después, termina enfrentándose a algo que se le parece demasiado.


Eso último le ocurrió, de una manera estremecedora, a Gabriel García Márquez.


Pero vayamos despacio, porque con Gabo hasta los hechos necesitan tomarse un café antes de empezar a hablar.


La enfermedad que llegó a Macondo


En Cien años de soledad, García Márquez imaginó una enfermedad extraordinaria: la peste del insomnio.


Al principio, los habitantes de Macondo simplemente dejan de dormir. Y como si eso fuera poca vaina, la enfermedad trae después algo mucho peor: el olvido.


Comienzan a perder los recuerdos, los nombres de las cosas y el significado de aquello que los rodea.


Entonces los macondianos hacen algo que hoy parece absurdo y, al mismo tiempo, profundamente humano: empiezan a ponerles nombres a las cosas para no olvidarlas.


A la vaca le ponen un letrero.


A la mesa, otro.


A la puerta, otro.


Y así, poco a poco, Macondo termina convertido en un pueblo lleno de rótulos, como si sus habitantes estuvieran diciéndole a la memoria:


—¡Oye, no te me vayas todavía!


Era realismo mágico, sí.


Pero también era una reflexión brutal sobre la condición humana.


Porque cuando se pierde la memoria, no solamente se pierden palabras.


Se empieza a perder el mundo.


Y entonces la vida comenzó a imitar a la literatura


Muchos años después, el mismo hombre que había escrito sobre la peste del olvido comenzó a sufrir un deterioro importante de su memoria.


Aquí conviene ser rigurosos: se ha hablado repetidamente de Alzheimer y demencia en relación con los últimos años de Gabo, pero no existe una confirmación médica pública inequívoca que permita afirmar como hecho que padeció específicamente Alzheimer. Lo que sí está documentado es el deterioro de su memoria y de sus capacidades cognitivas.


Y ahí aparece una de esas coincidencias que parecen inventadas por el mismísimo García Márquez.


El escritor que había imaginado un pueblo luchando contra el olvido terminó viviendo, en su propia vejez, una batalla contra la fragilidad de la memoria.


¡Carajo!


Si eso lo hubiera escrito otro, probablemente le diríamos que estaba exagerando.


Pero lo escribió Gabo antes de que la vida le devolviera la historia por la otra puerta.


Gabo contra la muerte


Y todavía falta la coincidencia más hermosa.


Gabo no tenía una relación muy amistosa con la muerte.


En una entrevista de 1995, cuando le preguntaron por ella, respondió que la muerte era «una trampa» y «una traición», porque llegaba sin pedirle permiso a nadie. Y cuando le preguntaron qué podía hacerse para evitarla, respondió con una solución muy de Gabo:


Escribir mucho.


Ahí está el hombre completo.


La muerte lo perseguía.


El olvido también.


Y él, terco como buen costeño, decidió combatirlos con palabras.


Como quien se enfrenta a un aguacero sin paraguas y dice:


—¡Bueno, que llueva, pero aquí no nos vamos a mojar!


La última ironía


García Márquez murió en Ciudad de México el 17 de abril de 2014, a los 87 años.


La muerte, finalmente, hizo lo que siempre hace.


Llegó sin pedir permiso.


Sin preguntarle si estaba listo.


Sin darle oportunidad de escribir una última novela para impedirlo.


La traición que Gabo había denunciado terminó cumpliéndose.


Pero solamente a medias.


Porque la muerte pudo llevarse al hombre.


No pudo llevarse a Gabo.


Y ahí está la trampa de la trampa.


Gabo había descubierto algo mucho antes de morir: que un escritor puede perder la vida, pero puede dejar una memoria más poderosa que la propia muerte.


Macondo continúa ahí.


Úrsula continúa caminando por sus corredores.


Los Buendía siguen repitiendo sus nombres.


Los muertos siguen entrando a las casas como quien llega de visita.


Y todavía hay mariposas amarillas revoloteando por el mundo.


Mientras tanto, nosotros seguimos pronunciando su nombre.


Gabriel García Márquez.


Como si estuviéramos colocando un letrero sobre la puerta de la memoria.


Como hicieron los habitantes de Macondo.


Para que nadie olvide quién fue.


Quizá esa fue su verdadera victoria


Tal vez la enfermedad que más temía Gabo no era solamente la muerte.


Tal vez era el olvido.


Porque morir es dejar de respirar.


Pero ser olvidado es, de alguna manera, morir por segunda vez.


Y Gabo encontró una forma de impedir esa segunda muerte.


Escribió.


Escribió hasta convertir su infancia, su Caribe, sus amores, sus fantasmas, sus guerras, sus muertos y sus nostalgias en memoria universal.


Por eso hoy podemos decir, sin necesidad de inventarle milagros:


La muerte sí consiguió llevarse a Gabriel García Márquez.


Pero no consiguió llevarse su memoria.


Y quizá, desde alguna mecedora perdida entre Aracataca y Macondo, el viejo Gabo esté mirando la escena con esa sonrisa de quien acaba de ganarle una apuesta a la muerte:


—¡Te dije, carajo! ¡Había que escribir mucho!


Y escribió tanto...


que todavía no hemos terminado de leerlo.


A la memoria de Gabriel García Márquez


Aracataca, 1927 — Ciudad de México, 2014


Un hombre murió.


Un escritor quedó.


Y Macondo, por fortuna, todavía recuerda.

No hay comentarios.:

SU OPINIÓN ES MUY IMPORTANTE

Con tecnología de Blogger.