CLIMA, NOTAS Y DESTINO: CUANDO LA GEOGRAFÍA TAMBIÉN COMPONE MÚSICA
Por: Wilson Rafael León Blanchar
Hay preguntas que parecen pequeñas hasta que uno se atreve a mirarlas con calma. Una de ellas es esta: ¿existe relación entre el número de notas que utiliza una música y el clima donde nació? La respuesta no solo es afirmativa; es profundamente humana.
La música no nace en el vacío. Nace donde camina el hombre, donde sopla el viento, donde cae la lluvia o donde el sol castiga la piel hasta volverla memoria. Antes de existir las partituras, ya existía el paisaje; antes del conservatorio, ya estaban el río, la hamaca y la conversación al atardecer.
En los territorios cálidos, donde la vida se comparte afuera y el horizonte invita al encuentro, la música suele volverse colectiva. El cuerpo participa tanto como el oído. Allí predominan melodías directas, repetitivas y rítmicas, pensadas para caminar, trabajar o bailar juntos. No es pobreza musical; es economía emocional. La repetición permite que todos entren en la canción sin pedir permiso.
En cambio, en regiones frías o templadas, donde el invierno obliga al recogimiento y las reuniones ocurren bajo techo, la música encontró otros caminos. Los sonidos comenzaron a superponerse, las voces dialogaron entre sí y apareció la armonía compleja. El silencio exterior favoreció la escucha interior.
No fue casualidad.
Las paredes de piedra devolvieron ecos largos; las iglesias enseñaron paciencia sonora; el tiempo lento permitió que una nota esperara a la otra como quien aguarda una respuesta necesaria.
El clima también decidió los instrumentos. Donde abundaron las pieles surgieron tambores; donde creció la madera aparecieron flautas y cuerdas; donde el metal pudo trabajarse nacieron mecanismos capaces de sostener muchas notas al mismo tiempo. Cada material habló en su idioma.
Pero hay algo más profundo.
La música no solo responde al entorno físico, sino a la manera como las comunidades enfrentan la vida. En el trópico, la incertidumbre climática enseña improvisación; en los territorios de estaciones marcadas, la previsión enseña estructura. Una canta para acompañar el presente; la otra para ordenar el tiempo.
Y entonces aparece el milagro del Caribe.
Un instrumento europeo, diseñado para salones y academias, llega a tierras ardientes cargado por comerciantes y navegantes. El acordeón trae consigo escalas completas, pero el juglar decide usarlo para contar historias bajo un árbol, caminando de pueblo en pueblo. La técnica viajó; el alma cambió.
Así nació una música donde conviven dos mundos: la organización melódica heredada y la emoción oral del trópico.
Comprender esto es comprender algo mayor: la cultura humana siempre dialoga con su entorno. El hombre no solo habita la tierra; la escucha. Y al escucharla, la convierte en canción.
Tal vez por eso cada región del planeta suena distinta.
No porque unas tengan más talento que otras, sino porque cada paisaje enseña una forma diferente de sentir el tiempo, de respirar el silencio y de convertir la existencia en melodía.
Al final, la música no es otra cosa que el clima interior de los pueblos convertido en sonido.


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