El caucho, las reformas y la coherencia
Por: Wilson Rafael León Blanchar
Debajo del palo de caucho de Chinto Manjarrés, la sombra estaba espesa como debate sin café. Faltaban pocos días para el 8 de marzo de 2026 y el pueblo andaba dividido, más rayado que disco viejo.
Allí estaban los habituales del congreso sin curules: Enrique Marulanda, alto y de garganta de lata; Periquito, especialista en interrumpir; Víctor Ñoñi, incendiario profesional; Guillermo El Oso, acordeonero de palabra pesada; Sapurro, callado pero fino; Tabaquito el acordeonero, afinando botones; William La Estrella, listo pa’ alumbrar chispa; y Efraín el de la Lata, marcando el compás metálico.
En medio, con su fajo de billetes, estaba Chimaco, el vendedor de lotería del pueblo. Tartamudo al hablar, pero firme al pensar.
Chago Pérez lanzó la carga:
—Ajá, Chimaco… tú votaste presidente por un lado y Congreso por el otro. ¿Y qué pasó? Las reformas estructurales se hundieron. ¿Quién perdió? El pueblo.
El silencio fue más largo esta vez.
Chimaco tragó saliva.
—Y-y-yo… vo-voté pensando en equi-equilibrio…
Enrique levantó la mano como juez de boxeo:
—¿Equilibrio? Más bien fue desajuste. Si eliges capitán, tienes que darle tripulación. Si no, el barco no sale del muelle.
Guillermo El Oso intervino, serio:
—Las reformas no pasaron. Y eran fundamentales. Sin Congreso alineado, no hay transformación posible.
Tabaquito dejó caer una nota grave, casi reflexiva.
Chimaco miró sus billetes, como si buscara respuesta entre los números.
—Pe-pero… si todo el poder queda del mismo lado…
Periquito lo cortó:
—Peor es que nada avance. Eso es como querer sancocho y no comprar los ingredientes. Si votas por un proyecto, vota completo. Presidencia y Congreso en concordancia.
Efraín marcó un golpe seco:
¡Tan!
Víctor Ñoñi añadió:
—Lo que pasó fue simple: presidente sin mayoría es como acordeón sin caja. Mucho fuelle… pero no camina.
Hubo un murmullo colectivo.
Enrique, teatral pero profundo, remató:
—La coherencia no es fanatismo. Es responsabilidad. Si crees en un programa, dale herramientas. Si no, no prometas transformación.
Chimaco respiró hondo. Esta vez habló más claro:
—E-en eso sí… sí tienen razón. El país no puede pagar los cálculos políticos. Si uno cree en el proyecto… debe respaldarlo completo.
El caucho dejó caer una hoja seca, como quien firma el acta del debate.
Efraín cerró la sesión:
—Señores… votar dividido es derecho. Pero que no se nos olvide: cuando las reformas se hunden, el que se moja es el pueblo.
Y así, bajo la sombra amplia del caucho, entendieron que la democracia no solo es elegir… es hacerlo con coherencia. Porque presidente sin Congreso es promesa sin ejecución.
Y en Fonseca, hasta los acordeones saben que para que haya melodía… todas las piezas deben ir en la misma tonalidad.


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